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Hay una heroína defraudada por una figura paterna y que renuncia a todo rasgo distintivo de feminidad.

Hay una madre divorciada, voluntariosa, trabajadora y retirada de la vida sexual que solo puede expresarse a los gritos y castra a sus hijos mientras acusa, ).

Hay un gobierno anticuado e incapaz de gestionar sus conflictos de manera eficiente y humanitaria.

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Por lo demás, , la novela de Stephen King: su asunto es la sexualidad infantil y el trauma del abuso (la figura clave es Mr.

Clarke, el profesor que se encierra a solas con los chicos en la escuela y que prefiere hablar por teléfono con ellos antes que acostarse con una mujer, y .

Y ahí es donde, diseñada a partir del rango etario de su audiencia más rentable ‒un volumen que solo en EE. absorbe el 35.2% del caudal total de streaming en internet‒, la nostalgia más evidente de que la consumen esa misma “vida ejercitante” que aparece como contemplativa sin renunciar a rasgos de actividad, y como activa sin perder por ello la perspectiva contemplativa.

Una “vida ejercitante” cuya versión religiosa más moderna (o forma de culto de ilusión colectiva) es el narcisismo.

¿Por qué , entonces, se ambienta en los años ochenta?

Porque es la década de mayor valor sentimental ‒la más “nostálgica”‒ para el segmento más rentable y dinámico de las audiencias de Netflix.

Y ese es apenas uno de los datos recabados a través de Big Data que transformó a , son un parámetro algorítmico definido, un requisito de reconocimiento obligatorio, un escenario sentimental diseñado para la “nostalgia” de una generación concreta, un espejo hecho de signos que representan (y complacen a través de esa representación) el reflejo de los recuerdos de una clientela perfectamente estudiada.

Y es por eso, también, que ese collage a medio camino entre los universos de Stephen King y Steven Spielberg, todos esos guiños y homenajes y alusiones de , no constituyan “lo nostálgico” en sí del programa, sino que sean la cáscara práctica de algo más simple y profundo: la necesidad de satisfacer las expectativas de un segmento específico de identidades. ¿Pero no es esa insistente gratificación narcisista de los treintañeros frente a sus pantallas en Netflix, sumergiéndose con alegría en su propia “nostalgia del pasado” (mientras señalan “haber participado de misma ropa”) semejante al “entusiasmo” de los púberes que perciben y reconocen a través de sus propias pantallas a los pokémones que le añaden a la aburrida realidad adulta un suplemento de salvación propia a través del ocio?

que las audiencias le otorguen relevancia (y eso es, precisamente, lo que convierte el proceso en uno de los más espectaculares eventos de “remundanización del saber desmundanizado”, dirían los filósofos).

Lo importante, en todo caso, es que lo relevante para Netflix es únicamente lo que las audiencias de Netflix son capaces de como recuerdos), y que la “nostalgia” (que no es más que la tristeza por el recuerdo de una dicha perdida) resulta el principal factor creativo.

Aun así, el método que consiste en recopilar y analizar experiencias de consumo pasadas para mejorar su explotación futura es anterior a internet, y no se distingue demasiado, en esencia, de lo que sabe cualquier revendedor de basura en la Feria de Antigüedades de San Isidro o lo que cualquier vendedor de alfombras en Turquía conoce desde hace más de mil años: la clave sigue estando en el hecho de que el consumo nunca es en sí mismo una experiencia sino la versión fetichizada de una experiencia.